jueves, 21 de julio de 2022

Aprehendamos Ecuador

 OCIO, TIEMPO LIBRE Y EDUCACIÓN


Vacaciones: palabra maravillosa para estudiantes y palabra que pone en apuros a sus padres. En Ecuador, llegan las vacaciones escolares para el régimen Sierra que coinciden con los días soleados, vientos fuertes y cielos azules del verano. ¿Qué hacer con niños y adolescentes para que aprovechen positivamente su tiempo libre? Pues la respuesta es de sentido común: hay que cambiar aulas, libros y cuadernos por otros elementos que interesen a los chicos, pero que también eduquen, porque el desarrollo físico, intelectual y emocional de todos ellos no puede tener vacaciones.

Ocio, tiempo libre y negocio

Los antiguos griegos entendían con claridad los conceptos de ocio y negocio. Para ellos, el ocio no era aquel tiempo libre que rompe el horario de trabajo ─como se entiende en nuestras sociedades capitalistas─, más bien era el tiempo de paz, armonía, reflexión, contemplación, aprendizaje, búsqueda de la verdad por sí misma. Por eso, la experiencia del ocio la diferenciaban claramente de otras vivencias.

Actualmente, la sociedad de consumo trata de confundir el ocio con el tiempo libre que dejan las obligaciones laborales. Este se presenta como justa recompensa por la sacrificada labor cotidiana. Por ello, un mercado de felicidad y de disfrute se abre como posibilidad para llenar ese tiempo libre. Ese mercado promociona desde actividades turísticas y culturales hasta el ir de compras a los centros comerciales o simplemente no hacer nada más que mirar televisión.

Sin embargo, ocio y tiempo libre son dos cosas diferentes. La única coincidencia es que en ambas, el tiempo es una constante. En cambio, la diferencia fundamental entre ellas es la capacidad de sentido. Ciertamente, el ocio tiene capacidad de sentido, mientras que el tiempo libre, no. Esa posibilidad de sentido del ocio potencia encuentros creativos y satisfactorios que originan desarrollo personal y social.

El ocio no es un acto de consumo, como se pretende mostrar con el tiempo libre, más bien es gratuidad en sí mismo. Es un regalo que se puede dar un individuo, libre y voluntariamente. Por eso, siguiendo esa misma idea, el ocio puede interpelar acerca de nuestra libertad, puede cuestionar si lo que hacemos en nuestras vidas es lo que verdaderamente deseamos o nos gusta.

De esta forma, el ocio se relaciona con el poder-ser, el poder-hacer e incluso el poder-pensar por nuestra propia cuenta. En el ocio nos encontramos con nosotros mismos, nos construimos a nosotros mismos haciendo lo que realmente queremos hacer. El tiempo libre –en cambio– es ese tiempo que tratamos de llenar con pasatiempos, sin un sentido cierto.

Para los antiguos griegos, la contemplación era la acción fundamental para alcanzar el buen ocio. Y contemplar ─para estos sabios antiguos─ era sumirse, por ejemplo, en la belleza de un amanecer, era disfrutar de una animada conversación con los amigos, era contemplar la mirada de la persona amada. Pensaban que con la contemplación se podía llegar a aprender lo bueno y lo malo de las cosas y esto suponía poder encontrar la verdad. Además, la contemplación era entendida como admiración, como fascinación por lo misterioso. El negocio, por su parte, era la negación del ocio, asociado al trabajo obligatorio y quienes tenían que trabajar eran los esclavos.

En nuestro tiempo, la educación de escuelas, colegios y universidades enseña y prepara para el negocio, no para el ocio. No obstante, niños, adolescentes y jóvenes ─y por qué no decirlo adultos─ deben ser reeducados en el ocio. A este respecto afirmaba el viejo Aristóteles, quizá más joven en sus ideas que muchos de nosotros:

(…) hay cierta educación que debe darse a los hijos, no por ser útil ni necesaria, sino por ser liberal y hermosa [...] Por tanto, deben aprenderse y formar parte de la educación algunas cosas orientadas a ocupar el ocio en la diversión, y que estas enseñanzas y esos conocimientos tienen en sí mismos su finalidad; mientras que las referentes al trabajo hay que considerarlas necesarias y en virtud de otros beneficios.[1]

Ocio y aprendizaje

Nuestro sistema educativo, lleno de cursos, horarios, planes, programas, no está pensado para educar en el ocio. Para cambiar eso, habrá que trastocar todo ese sistema “esclerótico”. Se deberán proponer -por ejemplo- nuevos objetivos que cambien la idea de educar solo para el trabajo obligatorio por el de “aprender para la vida”. Para ello, se tendrán que crear nuevos contenidos en donde se incluya el aprendizaje de esas cosas “inútiles” para producir y ganar dinero, pero “hermosas” para la construcción de la persona. Los centros de enseñanza no tienen por qué ser únicamente las aulas de una escuela, colegio o universidad; pueden serlo el hogar, el parque, un ambiente natural, un museo, un club, etc. Y los maestros han de estimar menos las calificaciones y más los conocimientos y todavía más los valores, pues no basta informar a los estudiantes, hay que sobre todo formarles.

Además, la educación para el ocio supondrá la puesta en práctica de todo aquello que se va conociendo. Es claro que niños y jóvenes no pueden ser meros espectadores de todo aquello que les ayude a crecer; deben ser actores de sus juegos, de sus prácticas, de sus aprendizajes. De esta manera irán aprendiendo a pensar por sí mismos más que aceptar pasivamente el pensamiento de los otros, aprenderán a ser críticos, aprenderán a ser libres y responsables.

Por último, la educación para el ocio tendrá como único propósito volver a desarrollar la capacidad de asombro, la fascinación por lo insondable. “Lo más bello que podemos experimentar ─digo alguna vez Albert Einstein─ es la cara misteriosa de la vida. Es la cuna, el sentido fundamental del verdadero arte y de la verdadera ciencia. Quien no lo conoce, quien no es capaz de maravillarse ni de sorprenderse, es persona muerta. Sus ojos se han apagado.”[2]


Ocio, juego y Naturaleza

El aprender jugando es fundamental para niños, adolescentes y jóvenes. El ocio –en este sentido– se relaciona con lo lúdico. En efecto, a través del juego se otorgan otros significados a la realidad, muchas veces opuestos a los que, por lo general, se le da, pues al jugar se aborda esa realidad desde la imaginación. Así, jugando, la persona se acerca a lo simbólico, que es otro ámbito de la naturaleza humana.

Ciertamente, esta triada conceptual “ocio-juego-aprendizaje” lleva a complejizar el mundo, a llenarle de significantes y significados nuevos, a entenderle desde la vivencia personal y grupal, desde la alegría del jugar. En tal sentido, se rompe con la cotidianidad, llena de trabajo obligado, horarios que cumplir, tiempos libres llenos con nada.

Y sin lugar a dudas, las mejoras actividades lúdicas para niños, adolescentes y jóvenes son aquellas que se realizan al aire libre, en contacto con la Naturaleza. Estas actividades tienen un doble propósito: entretener y educar. La naturaleza es por esencia la maestra de la vida y de la libertad, pues es, en último término, el sustento vital del ser humano. Como dice Edgar Morin, “somos Naturaleza” y, por ello, cuando entramos en contacto con ella, sea en la montaña, en el mar, en el campo, en el bosque, en el páramo, somos nosotros mismos y nos sentimos en libertad. Así, en la Naturaleza, la vivencia del ocio conjuga la parte interna de nosotros con lo externo que nos sostiene.

Dicha experiencia debe ofrecérsela a todo niño, adolescente y joven para que pueda gozar del descubrimiento y la contemplación de su Madre Tierra, admirándole en sus diversas expresiones, como pueden ser la exuberancia de sus selvas, la majestuosidad de sus montañas y volcanes, la vitalidad de sus mares, la hermosura de sus paisajes. Que pueda vivir en ella, juegos, aventuras y sueños fantásticos que le lleven a conocerse a sí mismo para saber quién es y dónde habita. Que le lleven a aprender lo que es trabajar en equipo, en solidaridad, en comunión y con ello aprender lo que es bueno y lo que es malo y de ese modo crezca en valores que le hagan conducirse apropiadamente por la vida.

Además, que le hagan aprender que en este gran planeta azul solo somos inquilinos y, por tanto, responsables de su cuidado y preservación, que no tenemos más derechos que los que tienen los otros seres vivos que habitan con nosotros, que no tenemos más derechos que los hombres y las mujeres, que en el futuro, habitarán este tercer planeta desde el Sol. Que, con sus correrías, saltos, piruetas e incluso caídas, crezcan en edad y en estatura, pero, principalmente, que vayan educándose para la vida. Una vida en armonía consigo mismos, con los otros y con la Naturaleza, más allá de ese modelo de vida que nos vende la sociedad de consumo.

 



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[1] ARISTÓTELES. Política, p. 1338a y b.

[2] EINSTEIN, Albert (1991) Mi visión del mundo. Barcelona: Tusquets.


Tiempo de lectura: 10 min.

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