OCIO, TIEMPO LIBRE Y EDUCACIÓN

Vacaciones: palabra maravillosa para
estudiantes y palabra que pone en apuros a sus padres. En Ecuador, llegan las
vacaciones escolares para el régimen Sierra que coinciden con los días soleados,
vientos fuertes y cielos azules del verano. ¿Qué hacer con niños y adolescentes
para que aprovechen positivamente su tiempo libre? Pues la respuesta es de
sentido común: hay que cambiar aulas, libros y cuadernos por otros elementos
que interesen a los chicos, pero que también eduquen, porque el desarrollo
físico, intelectual y emocional de todos ellos no puede tener vacaciones.
Ocio, tiempo libre y negocio
Los antiguos griegos entendían con
claridad los conceptos de ocio y negocio. Para ellos, el ocio no era aquel
tiempo libre que rompe el horario de trabajo ─como se entiende en nuestras
sociedades capitalistas─, más bien era el tiempo de paz, armonía, reflexión,
contemplación, aprendizaje, búsqueda de la verdad por sí misma. Por eso, la
experiencia del ocio la diferenciaban claramente de otras vivencias.
Actualmente, la sociedad de consumo trata
de confundir el ocio con el tiempo libre que dejan las obligaciones laborales.
Este se presenta como justa recompensa por la sacrificada labor cotidiana. Por
ello, un mercado de felicidad y de disfrute se abre como posibilidad para
llenar ese tiempo libre. Ese mercado promociona desde actividades turísticas y
culturales hasta el ir de compras a los centros comerciales o simplemente no
hacer nada más que mirar televisión.
Sin embargo, ocio y tiempo libre son dos
cosas diferentes. La única coincidencia es que en ambas, el tiempo es una
constante. En cambio, la diferencia fundamental entre ellas es la capacidad de sentido.
Ciertamente, el ocio tiene capacidad de sentido, mientras que el tiempo libre,
no. Esa posibilidad de sentido del ocio potencia encuentros creativos y
satisfactorios que originan desarrollo personal y social.
El ocio no es un acto de consumo, como
se pretende mostrar con el tiempo libre, más bien es gratuidad en sí mismo. Es
un regalo que se puede dar un individuo, libre y voluntariamente. Por eso,
siguiendo esa misma idea, el ocio puede interpelar acerca de nuestra libertad,
puede cuestionar si lo que hacemos en nuestras vidas es lo que verdaderamente
deseamos o nos gusta.
De esta forma, el ocio se relaciona con
el poder-ser, el poder-hacer e incluso el poder-pensar por nuestra propia cuenta.
En el ocio nos encontramos con nosotros mismos, nos construimos a nosotros
mismos haciendo lo que realmente queremos hacer. El tiempo libre –en cambio– es
ese tiempo que tratamos de llenar con pasatiempos, sin un sentido cierto.
Para los antiguos griegos, la
contemplación era la acción fundamental para alcanzar el buen ocio. Y
contemplar ─para estos sabios antiguos─ era sumirse, por ejemplo, en la belleza
de un amanecer, era disfrutar de una animada conversación con los amigos, era
contemplar la mirada de la persona amada. Pensaban que con la contemplación se podía
llegar a aprender lo bueno y lo malo de las cosas y esto suponía poder encontrar
la verdad. Además, la contemplación era entendida como admiración, como fascinación
por lo misterioso. El negocio, por su parte, era la negación del ocio, asociado
al trabajo obligatorio y quienes tenían que trabajar eran los esclavos.
En nuestro tiempo, la educación de escuelas,
colegios y universidades enseña y prepara para el negocio, no para el ocio. No obstante,
niños, adolescentes y jóvenes ─y por qué no decirlo adultos─ deben ser reeducados
en el ocio. A este respecto afirmaba el viejo Aristóteles, quizá más joven en
sus ideas que muchos de nosotros:
(…) hay cierta educación
que debe darse a los hijos, no por ser útil ni necesaria, sino por ser liberal
y hermosa [...] Por tanto, deben aprenderse y formar parte de la educación
algunas cosas orientadas a ocupar el ocio en la diversión, y que estas
enseñanzas y esos conocimientos tienen en sí mismos su finalidad; mientras que
las referentes al trabajo hay que considerarlas necesarias y en virtud de otros
beneficios.
Ocio
y aprendizaje
Nuestro sistema educativo, lleno de
cursos, horarios, planes, programas, no está pensado para educar en el ocio.
Para cambiar eso, habrá que trastocar todo ese sistema “esclerótico”. Se
deberán proponer -por ejemplo- nuevos objetivos que cambien la idea de educar
solo para el trabajo obligatorio por el de “aprender para la vida”. Para ello,
se tendrán que crear nuevos contenidos en donde se incluya el aprendizaje de
esas cosas “inútiles” para producir y ganar dinero, pero “hermosas” para la
construcción de la persona. Los centros de enseñanza no tienen por qué ser
únicamente las aulas de una escuela, colegio o universidad; pueden serlo el
hogar, el parque, un ambiente natural, un museo, un club, etc. Y los maestros han
de estimar menos las calificaciones y más los conocimientos y todavía más los
valores, pues no basta informar a los estudiantes, hay que sobre todo formarles.
Además, la educación para el ocio
supondrá la puesta en práctica de todo aquello que se va conociendo. Es claro
que niños y jóvenes no pueden ser meros espectadores de todo aquello que les
ayude a crecer; deben ser actores de sus juegos, de sus prácticas, de sus
aprendizajes. De esta manera irán aprendiendo a pensar por sí mismos más que
aceptar pasivamente el pensamiento de los otros, aprenderán a ser críticos,
aprenderán a ser libres y responsables.
Por último, la educación para el ocio tendrá
como único propósito volver a desarrollar la capacidad de asombro, la
fascinación por lo insondable. “Lo más bello que podemos experimentar ─digo
alguna vez Albert Einstein─ es la cara misteriosa de la vida. Es la cuna, el
sentido fundamental del verdadero arte y de la verdadera ciencia. Quien no lo
conoce, quien no es capaz de maravillarse ni de sorprenderse, es persona
muerta. Sus ojos se han apagado.”[2]
Ocio,
juego y Naturaleza
El aprender jugando es fundamental para
niños, adolescentes y jóvenes. El ocio –en este sentido– se relaciona con lo
lúdico. En efecto, a través del juego se otorgan otros significados a la
realidad, muchas veces opuestos a los que, por lo general, se le da, pues al
jugar se aborda esa realidad desde la imaginación. Así, jugando, la persona se
acerca a lo simbólico, que es otro ámbito de la naturaleza humana.
Ciertamente, esta triada conceptual
“ocio-juego-aprendizaje” lleva a complejizar el mundo, a llenarle de
significantes y significados nuevos, a entenderle desde la vivencia personal y
grupal, desde la alegría del jugar. En tal sentido, se rompe con la
cotidianidad, llena de trabajo obligado, horarios que cumplir, tiempos libres
llenos con nada.
Y sin lugar a dudas, las mejoras
actividades lúdicas para niños, adolescentes y jóvenes son aquellas que se realizan
al aire libre, en contacto con la Naturaleza. Estas actividades tienen un doble
propósito: entretener y educar. La naturaleza es por esencia la maestra de la
vida y de la libertad, pues es, en último término, el sustento vital del ser
humano. Como dice Edgar Morin, “somos Naturaleza” y, por ello, cuando entramos
en contacto con ella, sea en la montaña, en el mar, en el campo, en el bosque,
en el páramo, somos nosotros mismos y nos sentimos en libertad. Así, en la
Naturaleza, la vivencia del ocio conjuga la parte interna de nosotros con lo
externo que nos sostiene.
Dicha experiencia debe ofrecérsela a
todo niño, adolescente y joven para que pueda gozar del descubrimiento y la
contemplación de su Madre Tierra, admirándole en sus diversas expresiones, como
pueden ser la exuberancia de sus selvas, la majestuosidad de sus montañas y
volcanes, la vitalidad de sus mares, la hermosura de sus paisajes. Que pueda
vivir en ella, juegos, aventuras y sueños fantásticos que le lleven a conocerse
a sí mismo para saber quién es y dónde habita. Que le lleven a aprender lo que
es trabajar en equipo, en solidaridad, en comunión y con ello aprender lo que
es bueno y lo que es malo y de ese modo crezca en valores que le hagan
conducirse apropiadamente por la vida.
Además, que le hagan aprender que en
este gran planeta azul solo somos inquilinos y, por tanto, responsables de su
cuidado y preservación, que no tenemos más derechos que los que tienen los
otros seres vivos que habitan con nosotros, que no tenemos más derechos que los
hombres y las mujeres, que en el futuro, habitarán este tercer planeta desde el
Sol. Que, con sus correrías, saltos, piruetas e incluso caídas, crezcan en edad
y en estatura, pero, principalmente, que vayan educándose para la vida. Una
vida en armonía consigo mismos, con los otros y con la Naturaleza, más allá de
ese modelo de vida que nos vende la sociedad de consumo.
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