SEG es una comunidad educativa orientada a promocionar una educación alternativa entre estudiantes, profesionales y público en general. En ese sentido, queremos apostarle a la construcción de una comunidad de personas construida desde su propia naturaleza, desde su experiencia, desde los intereses mutuos, desde la concertación, a través del diálogo, donde la participación democrática sea una realidad.
Portada de la emblemática Aritmética
del cubano Aurelio Baldor
¿Quién «inventó» la matemática? No los griegos,
por supuesto: desde Tales y Pitágoras, la matemática es casi idéntica a la
nuestra: es ya «moderna». Tampoco los egipcios ni los mesopotamios más
antiguos, cuyos conocimientos de los números y de las figuras eran ya realmente
avanzados. Lo que estas culturas representan es, en un sentido muy preciso, el
resultado final, y ya muy sofisticado, de una larguísima pre-historia «matemática»
que puede remontarse a 500.000 ó 1.000.000 de años atrás (¿o más?).
¿Qué necesidad concreta de los números podía
tener nuestro tan remoto antepasado? Es muy evidente que sin la presencia del
dinero, la necesidad de los números cae casi por completo. Lo que tuvo que
presentarse muy pronto, sin duda, fue la necesidad de comunicar a otros
miembros de la rudimentaria comunidad, la importante (¡incluso vital!)
información que responde a la pregunta (expresada lingüísticamente o de manera
simplemente «gestual») de «¿Cuántos ciervos has visto en el otro valle?» o,
mucho más dramática aún, «¿Cuántos enemigos has visto?». Desde una primera
respuesta tan simple como «muchos» o «pocos», pero que ya es, como mínimo,
prematemática (de nuevo articulada o por gestos corporales), que es la más
pobre, pero sin duda ya significativa y valiosa, a la sucesiva distinción y
diferenciación de los números más pequeños para contar cosas: 2,3, 4, etc.,
debieron de pasar muchas decenas de milenios (el 1 representa algunas
dificultades especiales; efectivamente, no parece responder bien a la pregunta «cuántos»
que es un claro plural).
Durante la larga conquista de los números más
pequeños, tuvo que presentarse un problema de una dificultad insospechada: el
de darle nombre a los números. Aunque nuestro antepasado ni lo sospechara, la
dificultad radicaba en el carácter abstracto de los números (¡que los debió
rodear de un misterio reverencial que llega hasta hoy!): efectivamente, nadie
ha visto ni vera nunca al mismísimo número 4, como tampoco a la justicia, la
belleza o el amor, todos ellos abstracciones. La concepción primigenia del
número debió ser del tipo «visual» y «totalizadora», «sintética» y no
articulada lingüísticamente. Este problema despistó completamente a todos los
antropólogos de hace un siglo aproximadamente, que llegaron a creer de buena fe
que muchas tribus primitivas casi desconocían la idea de número, al contar: «uno,
dos, tres, muchos» (probablemente en cuanto a la «concepción visual» de los
números los indígenas podían darle cien vueltas a los antropólogos).
Mucho más tarde, al ir descubriendo y
conociendo números cada vez mayores (por las necesidades de una estructura «social»
de complejidad creciente) nuestro antepasado ya más cercano (¿50.000 años?) descubrió
una fantástica ayuda para contar un controlar esos números; se trata de la idea
de «base del sistema de numeración, es decir, la de
asociar las unidades en grupos todos iguales («a la base»).
Nuestro antepasado remoto también fue
desarrollando, sin duda, (¡incluso mucho antes de los números!), las
intuiciones espaciales más básicas de lo que iba a ser, un millón de años
después, la geometría pura de los griegos. ¡Es otro proceso realmente
fascinante, pero ya no me cabe en este espacio!
*Profesor
de la Facultad de Matemáticas de la Universidad Complutence de Madrid y
colaborador de la Fundación Canaria Orotava de la Historia de la Ciencia.
Texto tomado del libro: Dirección General de ordenación e innovación educativa. Consejería de
educación, cultura y deportes del Gobierno de Canarias. (2001). La
divulgación de las matemáticas en la prensa. Una propuesta matemática al
alcance de todos.Canarias.
EL ARTE DE ESCRIBIR ENTREVISTA A LA
MAGISTER MÓNICA YÉPEZ, EXPERTA EN ENSEÑANZA DE LA ESCRITURA
PRIMERA PREGUNTA
Servicios
Educacionales Globales -SEG: Hernán Rodríguez Castelo en su libro Cómo escribir
bien afirma que escribir no es cosa de “superdotados”, que todos podemos
aprender a hacerlo. ¿Cómo enseñamos ese arte de escribir bien a niños, jóvenes
y adultos?
Mónica Yépez: Existe el
mito de que escribir bien es solo para superdotados, pero esto no es así. Si
bien es cierto que escribir es un proceso difícil, complejo, pues comprende
aspectos cognitivos, retóricos y sociales que llevan a tomar decisiones acerca
del para qué escribir, qué escribir, para quién escribir -y, por eso, escribir
es incluso difícil hasta para los expertos-; sin embargo, la buena noticia es
que “todos podemos aprender a escribir bien”, si utilizamos metodologías
apropiadas para hacerlo.
¿Cómo enseñar a escribir bien? Este es
uno de los retos pedagógicos más grandes a los que se enfrenta un profesor. Sin
embargo, la respuesta es simple y general: para aprender a escribir bien, hay
que escribir. Para ello, el profesor debe crear muchísimas posibilidades para
que el estudiante pueda escribir en la clase, en un espacio seguro y de
respeto, donde se sienta confiado de poder expresar lo que piensa y siente, sin
temor. Para ello, es importante que el profesor reconozca al estudiante como
una persona que puede escribir y esto lo hace justamente permitiéndole que
escriba acerca de sí mismo, acerca de su vida, de sus experiencias, de sus
creencias, de sus motivaciones; dejándole que exprese su voz, tenga una
opinión, manifieste una posición.
Además, es importante que el
estudiante sea leído. En este sentido, se vuelve necesario que el profesor
comparta los textos del estudiante para que este haga una retroalimentación
adecuada de lo que está escribiendo; incluso, sería lindo que las escuelas
organicen eventos donde se pueda dar a conocer el trabajo de los alumnos. Pero
esto implica un cambio en la forma cómo actualmente se enseña a escribir,
porque ahora existe una despersonalización del estudiante como escritor, él no
se siente escritor, así no tiene posibilidades para crecer como tal.
Pero también en este proceso de
enseñanza-aprendizaje para escribir bien hay que cambiar algunos roles, como,
por ejemplo, el del profesor. El profesor debe ser un guía, un acompañante del
estudiante en todo este proceso, dándole continua retroalimentación.
Actualmente, el profesor cumple una función, por decir lo menos, dictatorial,
se limita a enseñar gramática y ortografía y como tal se convierte en un
policía que está a la caza de las fallas en gramática y ortografía y no cumple
la función de ser un facilitador del aprendizaje de la escritura por parte del
estudiante.
Por fin, este proceso también debe
cumplirse con el grupo, con toda la clase. Hoy por hoy, existen muchas
actividades colaborativas que pueden darse dentro y fuera del aula; los
estudiantes deben compartir entre ellos sus textos para que, entre ellos,
también se dé una retroalimentación. La retroalimentación, en definitiva, es
superimportante en el crecimiento de los estudiantes como escritores. Luego,
todos estos cambios debemos introducirlos en nuestro modelo actual de enseñanza
de la escritura para poder enseñar a escribir adecuadamente a los alumnos.
SEGUNDA PREGUNTA
Servicios Educacionales Globales -SEG: Sucede
muchas veces que cuando pedimos a nuestros estudiantes que escriban un ensayo o
que elaboren un comentario sobre algún tema en particular, nos encontramos con
textos gramaticalmente bien estructurados, pero carentes de ideas, es decir, se
escribe sí -y a veces mucho- pero no se dice nada, ¿significaría eso que
nuestros estudiantes no poseen -parafraseando a Descartes- un “pensamiento
claro y distinto”?
Mónica Yépez: Esta
es una pregunta muy buena. Y nuevamente nos lleva a nuestro modelo tradicional
de enseñanza de la escritura. La preocupación de los profesores es que los
estudiantes escriban textos gramaticalmente correctos. Sin embargo, la
gramática no sirve para enseñar a escribir textos. Sirve para enseñar a
construir oraciones, pues la gramática se mueve a nivel de las oraciones. Pero
la gramática no enseña a generar ni a vincular ideas ni a producir textos. Hay
muchas investigaciones que prueban que la gramática definitivamente no sirve
para enseñar escribir. Pero, además, prueban que incluso puede ser perjudicial.
Por ejemplo, el profesor afanoso que, para enseñar a escribir, se convierte en
editor de los textos de sus alumnos. Corrige entonces todos los errores
gramaticales y ortográficos. Como resultado tenemos un texto marcado en rojo.
El estudiante, al recibirlo, no tiene interés en entender ni en corregir dichos
errores porque el texto ya fue entregado y ya fue calificado. Pero, además,
aunque serviría corregirlos, son demasiadas los errores y esto resulta
abrumador para el estudiante. Como consecuencia, el estudiante se desmotiva
para escribir porque sabe que no lo hace bien (en términos gramaticales). El profesor no se ha enfocado en el contenido
ni ha dado ninguna retroalimentación de lo más importante: las ideas.
¿Y qué pasó con
el profesor? Este perdió su tiempo, pues, aunque tenga buenas intenciones de
enseñar a escribir sus alumnos, estas no sirven de mucho si aplica el método
tradicional. Enseñar a escribir, resulta
entonces una actividad frustrante para el profesor.
Tú haces
alusión a que los estudiantes no producen textos claros distintos en las
clases. Y de alguna forma es verdad. Nuestro modelo actual se centra
especialmente en la producción de textos expositivos. El profesor selecciona el
tema del texto (no hay lugar para la elección del estudiante) y el estudiante,
para cumplir con su trabajo, reproduce conocimiento construido por terceras
personas. Pero no ha realizado ningún tipo de procesamiento, análisis ni
conexión de ideas. El estudiante no tiene la opción de mostrar su pensamiento
ni de dar su opinión, porque los textos que debe producir están destinados
solamente a que el estudiante exponga su conocimiento sobre un tema. Entonces
nuestro modelo olvida enseñar a los alumnos justamente de lo que tú estás
hablando: de la habilidad del estudiante para que aprenda a pensar, a analizar,
a tener un pensamiento crítico. Y esto es muy lamentable porque estas son habilidades
indispensables para al estudiante en su vida personal, académica, laboral e
incluso en su vida cívica. Hoy más que nunca nuestra sociedad necesita
pensadores críticos, y nuestro modelo no está contribuyendo para ello.
Pero sí me
gustaría hacer una aclaración. Los y las estudiantes del Ecuador tienen muchas
capacidades intelectuales y tienen mucho potencial. Pensemos por ejemplo lo que
actualmente están haciendo. Por su cuenta, los chicos escriben canciones,
blogs, tuits, cuentos e historias y hacen videos. Y al producir todas obras,
los estudiantes están demostrando que son autores. Están mostrando que tienen
un pensamiento claro, un pensamiento distinto. Están dando sus opiniones. Y
está demostrando que lo hace efectivamente. Sus canciones conmueven. Sus tuits
movilizan. Sus historias entretienen. Sus videos informan, denuncian
injusticias y aspectos de la realidad que no todos conocemos. Entonces no se
trata de que los chicos y chicas ecuatorianos no tengan un pensamiento claro
instinto. Lo tienen. Los profesores y las instituciones educativas tenemos que
aprovechar en el aula de estas capacidades y potenciales de los alumnos
ecuatorianos.
TERCERA PREGUNTA
Servicios Educacionales Globales –SEG:Tú dices que la Gramática no sirve para
enseñar a escribir textos. También dices que los jóvenes, a través de las RRSS,
escriben mucho y se hacen entender. ¿Para qué entonces hacer una corrección de
estilo a esos textos? ¿Por qué darles coherencia? ¿Para qué corregir sus faltas
ortográficas?
Mónica Yépez: Cuando tú estás escribiendo textos
informales, entonces, de hecho, la Gramática es muy relajada, no hay
estructuras complejas; de hecho, podemos utilizar frases, oraciones ni siquiera
completas y, sin embargo, nos entendemos. En un contexto informal, utilizamos
expresiones cotidianas, utilizamos una cantidad de dichos, palabras
coloquiales; pero –por ejemplo– si tú le vas a hacer una invitación a un amigo
tuyo para que venga a comer el sábado por la noche, tú no le dices: “Estimado
Juanito, la presente tiene como objeto invitarte a cenar el sábado por la
noche”. Tú le dices: “Oye, vamos a hacer una comida el fin de semana. A ver si
caes con unas bielas” y así está perfecto. Y si además has usado abreviaturas,
emoticones, pues, está perfecto.
Pero cuando sales de lo informal y entras al campo de lo
formal, la cosa cambia. Los registros deben cambiar. Los tonos de las
expresiones deben cambiar. Cambia el vocabulario que se utiliza, pues ya no se
utilizará expresiones coloquiales. Quizá se use un vocabulario más sofisticado
y un lenguaje técnico. Luego, la Gramática será más complicada.
Aquí, sí quiero hacer una aclaración. Antes hemos dicho que
no es necesario enseñar Gramática y Ortografía para enseñar a escribir; sin
embargo, es muy importante que enseñemos Gramática y Ortografía, pero con una
salvedad: planteándonos cómo enseñamos Gramática y Ortografía, en qué momento y
con qué fin.
También habíamos hablado de este proceso de escritura –no
cierto–. Entonces, al final, cuando el autor, el escritor, el estudiante, ya
sabe que decir, ya tiene organizado su texto, cuando ya está casi listo el
texto, entonces es ahí cuando viene la edición y en este momento es donde nos
fijamos con mucho detalle en la Gramática y Ortografía. Esto entonces solo al
final del proceso de la escritura. Además, esto ocurre dentro del aula de
clase, porque fuera, cuando los textos ya salen a circulación, cuando ya están
publicados, entonces hay que ser muy exigentes con todos los aspectos del
texto. Un texto debe ser impecable en cuanto al contenido, en cuanto a la
organización de ideas, tiene que ser lógico, coherente y para eso la Gramática
debe ser impecable, debe ser pulida, porque, de lo contrario, el texto no es
entendible. Entonces, sí se debe diferenciar estas cuestiones de la Gramática y
la Ortografía en cuanto si son fuera o dentro del aula de clase y en qué
momento las enseñas.